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Ciencia para todos
Historias de Ciencia
 para gente curiosa.                                       por   Pedro Gómez Romero 
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Xylella fastidiosa. ¿Se acabó la ciencia en el garaje?
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       Pedro Gómez Romero.  Artículo publicado en "El País" Mierc. 6 Sep, 2000

El trece de julio del año 2000 la archiprestigiosa revista “Nature” mostraba naranjas en su portada. Era una pista sobre el artículo que en la página 157 describía los entresijos del genoma de una bacteria con un singular nombre científico, la "xylella fastidiosa".








El artículo describía el estudio del ADN de este patógeno, causante de la clorosis en cítricos, verdaderamente fastidioso para estas plantas y también para la especie que las cultiva y que le puso el nombre. Un trabajo importante . Pero lo primero que llamaba la atención al hojear el artículo era una lista insospechada. Se diría una de esas tristes relaciones de nombres grabados en piedra en homenaje a las víctimas de una tragedia, aunque en realidad se trataba de la lista de autores del trabajo. 
Efectivamente, al título del artículo, descrito sintéticamente en una línea, seguía un listado parcialmente dispuesto en orden alfabético de los 116 científicos que, de una forma u otra, habían participado directamente en la realización del trabajo publicado. A buen seguro cada una de esas personas firmaba el artículo por méritos propios y había contribuido significativamente al desarrollo del complejo, interdisciplinar y laborioso proyecto. 








 No hace tanto tiempo, un listado así hubiera sido inimaginable; pero también es muy cierto que la investigación científica y el desarrollo tecnológico han ido evolucionando hacia estados de complejidad creciente que hace frecuentemente necesaria la participación de especialistas diversos para la resolución de un problema o el diseño de un dispositivo. Grandes equipos para grandes problemas.

 A la vista de estos enormes grupos de trabajo, los tiempos del heroico científico que afrontaba en solitario la lucha por desentrañar los secretos de la Naturaleza parecen cosa de un pasado remoto. Ciertamente, ya pasó el tiempo de aquellos ociosos caballeros ingleses del siglo XVIII como Lord Cavendish que pudo descubrir la composición del agua porque no tenía que trabajar para comer. También parece lejano el tiempo de los Nobel de cobertizo como el matrimonio Curie, o el de los inventores de garaje como Thomas Edison. De todos ellos guardamos en nuestra memoria antiguas imágenes en blanco y negro.

¿Debemos decir adiós entonces a la ciencia de garaje?. ¿Tiene algún futuro el científico solitario en una sociedad tecnológica de enésima generación, como la nuestra?
Responder a estas preguntas con monosílabos no sería justo, pero sí conviene reflexionar sobre el hecho de que junto con grandes proyectos coordinados como el del genoma humano han florecido durante el final del siglo XX pequeños grandes éxitos originados en grupos modestos con buenas ideas y objetivos ambiciosos.
Así por ejemplo, Georg Bednorz y Alex Müller, aunque no trabajaban en un cobertizo, sí constituían un grupo pequeño, un mínimo núcleo de trabajo en los laboratorios de IBM en Zürich. Llevaban a cabo un trabajo ciertamente marginal y prescindible para su empresa. Y sin embargo, con medios relativamente modestos pero con una apuesta revolucionaria por ciertos óxidos de cobre, pusieron patas arriba el campo de los superconductores y ganaron con todos los méritos el Nobel de Física en 1987. 
En cuanto a inventores de garaje, el Bill Gates más rico del mundo constituye un buen ejemplo de innovación artesanal en el campo de la alta tecnología. Y no sólo él, sino otros muchos creadores de futuro con sonoras marcas registradas como Yahoo! o Linux empezaron como empresas de estar por casa.

Estos son sólo algunos de los ejemplos mejor conocidos, pero los avances generados en pequeños grupos, con premios o sin premios, son innumerables. En la ciencia del día a día también hay sitio para brillantes innovaciones individuales junto con objetivos reservados a superestructuras científicas. Los proyectos de ingeniería genética involucran una buena planificación y la gestión de grandes equipos, pero sólo han sido posibles después del descubrimiento de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR en inglés). Pues bien, esta tecnología se la debemos principalmente a la sagacidad y a la mente libre de un doctor en bioquímica, Kari Mullis, que trabajaba como técnico en una pequeña empresa de biotecnología en California cuando intuyó las grandes posibilidades de una enzima, la ADN-polimerasa, de una bacteria resistente a altas temperaturas y que se había encontrado por primera vez en una fuente termal del parque nacional de Yellowstone. En 1993 Mullis ganó el Nobel y desde entonces la PCR se ha convertido en la caja negra de multiplicar ADN y aparece sistemáticamente en los anuncios comerciales de la revista Nature. Más ejemplos. La estructura del ADN, la síntesis del nylon, la teoría del "Big-Bang", o el reciente descubrimiento de la bacteria más grande conocida son ejemplos de avances significativos que tienen más que ver con el empeño individual que con la coordinación de grandes equipos. Debemos concluir por tanto que hoy en día se siguen gestando revoluciones científicas en el patio de atrás de la ciencia oficial.

¿Podrían convivir armoniosamente la gran ciencia dirigida y la pequeña ciencia libre?. Deberían. Los grandes proyectos coordinados, los esfuerzos multinacionales, nos sirven para consolidar nuestro conocimiento y aplicarlo de forma creativa a la consecución de objetivos y retos imposibles de superar de otra manera, mientras que la innovación individual de mayor repercusión es precisamente la que reta ese conocimiento, lo somete a escrutinio, consigue revisarlo y llega incluso a generar nuevas áreas de conocimiento. Ambas tendencias se entrecruzan en un tejer y destejer que va conformando el tapiz de nuestro conocimiento colectivo.
Las superestructuras científicas y tecnológicas capaces de abordar megaproyectos como la exploración de Marte o el estudio del genoma humano son una característica de la tecnociencia de hoy. Pero debemos evitar que esa característica excluya o desplace desproporcionadamente el trabajo científico a menor escala, o que pueda llegar a desvirtuar la labor científica individual. En este sentido, más que la potenciación monotónica de grandes grupos y proyectos, nuestra ciencia debería evolucionar hacia la multiplicidad. Multiplicidad de escalas, diversidad de tecnologías y proyectos que puedan competir en unos casos y sumarse en otros para resolver nuestros problemas. Una evolución hacia la tecnodiversidad que resultaría sin duda enriquecedora y socialmente beneficiosa. 

 

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 Preguntas y comentarios a cienciateca@mail.com |  Última modificación: 16 Sep. 2000
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