LA ENCRUCIJADA. CIENCIA E HISTORIA – Tomás R. Tovar Júlvez

Hace veintitrés siglos Alejandro Magno, rey de Macedonia, conquistó y unificó Grecia bajo su cetro, luego hizo lo mismo con Persia, Egipto y siguió extendiendo sus conquistas hacia el Este, llegando hasta la India, donde sus hombres, ya cansados de tanta conquista, se negaron a seguirle. Fue una obra inmensa, no sólo militar, sino cultural; la cultura griega se extendió hasta la India. El hombre que hizo esto, que cambió la Historia para siempre, murió a los 33 años, víctima de unas fiebres. Hoy día poca gente muere de muerte natural a los 33 años. Si el mismo Alejandro Magno hubiera vivido hoy, sus fiebres no hubieran pasado de ser una simple anécdota, solucionada con unos antibióticos.

La muerte estaba mucho más presente en las sociedades pasadas que las actuales. La esperanza de vida no iba más allá de los treinta años para el hombre del Paleolítico. En la Edad Media, las epidemias de peste negra se llevaron a uno de cada tres europeos; como media, por lo menos, murió un miembro de cada familia. La muerte, representada como una calavera con una guadaña, aparece frecuentemente en el Arte de este tiempo. Así era imposible mantener un mínimo de esperanza en el futuro, era muy triste vivir en estos “tiempos rotos”, como así los definió un cronista medieval. En el siglo XIX, tampoco era raro morir joven. Emily Brönte, autora de la novela “Cumbres Borrascosas”, murió cuando tan sólo tenía 22 años. Gustavo Adolfo Becquer, poeta cuyas “Rimas y Leyendas” son famosas, murió con tan sólo 34 años. Si murieron tan jóvenes y legaron a la Humanidad sus bellas obras, ¿qué no hubieran hecho si hubieran llegado a ancianos?

No hemos mencionado la mortalidad infantil, frecuentemente cercana al cincuenta por ciento. Muchas veces, los padres daban más cariño a los hijos mayores que a los pequeños. Era mejor no hacerse muchas ilusiones sobre su futuro.

Hemos hablado de la cantidad de vida, ¿pero qué pasaba con la calidad? Las temperaturas en Europa no han variado sensiblemente desde entonces; el frío era tan crudo como ahora, pero no existía calefacción, sólo el calor de la lumbre. Y el invierno es muy largo. No era de extrañar que la llegada de la primavera fuese celebrada con fiestas y canciones. Pasar hambre era lo normal y la ruina de una cosecha podía significar la muerte. No era de extrañar que la enfermedad se cebara en estos organismos mal alimentados. La higiene era escasa y las personas casi convivían con la suciedad y los desperdicios. Los servicios de saneamiento y el agua caliente son recientes. El trabajo era duro, a veces atroz, y todavía empeoraron más las condiciones al abandonarse el trabajo artesanal por la producción industrial. A lo único que podían aspirar las mujeres era a casarse y tener hijos. La cultura y las posibilidades de desarrollo personal eran escasas, por no decir escasísimas. En el siglo XVIII, el Siglo de las Luces y de la Ilustración, era más barato emborracharse con una botella de ginebra que comprar el periódico. Y la ley no era muy justa. Robar para comer podía acabar con la muerte en la horca.

En el siglo XVII se produce una revolución científica; Descartes, Newton y Leibniz, entre otros, publican sus trabajos, que producen un enorme avance en las matemáticas. El siglo XVIII traerá la Ilustración; se valora la cultura y el progreso tecnológico y los naturalistas recorrerán el planeta en busca de nuevas plantas que cultivar para la alimentación y la industria. Finalmente el siglo XIX culminará este proceso con la revolución industrial, que confiará todo el progreso de la Humanidad a la ciencia y la tecnología.

Es en el siglo pasado cuando todo comienza a cambiar lentamente, acelerándose el proceso en este siglo. La medicina da un salto espectacular con el descubrimiento de Pasteur de que las enfermedades infecciosas son provocadas por microorganismos. En Inglaterra, a mediados de siglo, la “Comisión de los Pobres” dictamina que todos los ciudadanos deberían poseer agua potable y unos adecuados servicios de saneamiento. Los poderes públicos empiezan a consideran que es importante que todas las personas aprendan a leer.

El cambio se pone en marcha y en el siglo XX se acelera. Todos los avances tecnológicos se complementan y apoyan y provocan un mayor crecimiento económico que repercute sobre el bienestar de la Humanidad. El avance de la Medicina ayuda a vencer las enfermedades y llevar una mejor calidad de vida. La productividad agrícola aumenta espectacularmente y por primera vez en la Historia empiezan a existir generaciones que no conocen el hambre. Las mejoras en la construcción permiten tener unas viviendas más confortables y con mejores servicios. Las mejoras industriales, en las comunicacionesy transportes permiten un mayor crecimiento de la economía y un mayor bienestar para el conjunto de la sociedad. Se impone el interés por la cultura y se considera la escolarización básica obligatoria.

Hoy día la esperanza de vida supera los sesenta años y la calidad de vida, en general, no es mala. Se tiene acceso a la información, a la cultura, a la calefacción y al agua caliente, a la sanidad. Las mujeres tienen la posibilidad de desarrollar una vida profesional. Por Internet podemos estar más cerca de los familiares lejanos o sentir más cercana la realidad de otros países, de otras culturas. Y aspectos, tan sencillos, como ver una película en la televisión, escuchar música o, simplemente, tener luz suficiente después del anochecer, serían impensables en épocas pasadas.

Nuestros antepasados lucharon duramente por hacer realidad esto que tenemos hoy. En general, vivieron mucho peor de cómo ahora nosotros vivimos. Pero su esfuerzo no fue en vano porque legaron a sus descendientes algo en lo que ellos creían: una vida mejor. En muchos aspectos, hoy vive mejor una persona humilde que una persona pudiente de hace siglos.

Todo esto ha ocurrido gracias al desarrollo científico y tecnológico.

Pero no todo son luces. Por desgracia también hay sombras.

Este avance no ha sido igual para toda la Humanidad. Ha dividido a los países en dos tipos: los países desarrollados y los países en vías de desarrollo (pero que no terminan de desarrollarse). En los países desarrollados el progreso científico y tecnológico ha logrado en las sociedades de estos países un bienestar impensable en épocas pasadas. En cambio, en los países en vías de desarrollo, sólo se ha producido un avance en ciertos aspectos, provocando enormes desequilibrios. La superpoblación, la injusticia social, la guerra, la falta de recursos, la deuda externa, el hambre, la delincuencia (organizada y sin organizar) y el analfabetismo son sólo algunos de los aspectos con los que tienen que convivir los ciudadanos de estos países.

El deterioro del medio ambiente es otro hecho destacado. ha hecho que estas mismas sociedades hallan tomado conciencia de la importancia de su conservación. El aumento de las emisiones de gases con efecto invernadero pueden llegar a provocar un cambio climático. Podemos quedar sepultados entre montañas de basura y residuos. Muchos ríos, antes llenos de vida y color, hoy son cochambrosas ciénagas. Hemos exterminado en la segunda mitad del siglo XX más especies que a lo largo de toda la historia de la Humanidad; hemos perdido un tesoro del que ni siquiera sabemos el valor que tenía. Pudiera ser que en entre esas especies desaparecidas para siempre (esto es lo terrible de la extinción) se hallasen la solución al cáncer, al SIDA, al Alzheimer, o simplemente fueran ricos alimentos o bellas plantas o animales para admirar y hacernos la vida más agradable. Cada día que pasa desaparece una porción de las selvas de la Tierra, auténticos pulmones del planeta y la erosión y el desierto van ganando terreno. Junto con las especies y las selvas también desaparecen comunidades indígenas con una rica cultura oral, que se perderá para siempre.

Hoy la capacidad de destrucción humana es muchísimo mayor que hace siglos. Si para arrasar una población antes había que desplazarse al lugar con un granejército y luchar, hoy día se puede hacer a distancia, sin enterarse de lo que ocurre en el lugar, sin tener que oír gritos, ni sollozos. Debemos huir de la imagen de que las sociedades antiguas eran forzosamente guerreras. Durante la Pax Romana o en algunos siglos medievales, la mayor parte de Europa murió sin saber lo que era la guerra. La sociedad era de costumbres 

violentas, pero la guerra no formaba parte de sus vidas. La capacidad de matar a distancia ha llevado a que en las guerras del siglo veinte haya muerto más proporción de civiles que en la guerras de los siglos anteriores. Y una siniestra sombra se abate sobre la Humanidad: el armamento nuclear permite que por primera vez en la Historia la posibilidad de que la Humanidad desaparezca. No seamos tan presuntuosos de creer que podemos destruir toda la vida sobre la Tierra. Ha habido a lo largo de su historia, enormes cataclismos y la vida ha seguido adelante. Pero una cosa es cierta: la Humanidad no sobreviviría si todo el armamento nuclear fuera utilizado.

Tampoco las sociedades de los países desarrollados parecen estar libres de problemas. La pérdida de valores, el estrés, el paro, el deterioro de las relaciones humanas y la insatisfacción es el precio que ha habido que pagar por vivir mejor. 

Una encrucijada es un cruce de caminos. Cuando se llega a ella, hay que decidir por tomar un camino u otro. En ese momento histórico nos encontramos.

Podemos optar por el camino del desastre. Olvidar que sólo somos humanos y creernos dioses. Ser insolidarios con el resto de la Humanidad, pensar que el planeta va a aguantar todo lo que le echen, no esforzarnos por conseguir la paz y no intentar poner solución a nuestros problemas. Tarde o temprano se producirá el fin de la Humanidad y las peores pesadillas de los escritores de ciencia-ficción no serán nada cuando lo veamos encima.

Pero también podemos optar por el camino de la supervivencia. Pensar con humildad en que sólo somos humanos y mortales y que debemos dejar a nuestros descendientes un mundo mejor que el nuestro, pensar que todas las fronteras de los países son en el fondo algo artificial y que hay que pensar en el bien de la Humanidad, pensar que debemos cuidar nuestro bello planeta porque es nuestra casa, pensar que la guerra nunca es el procedimiento adecuado para solucionar las diferencias y que todo falla si falla el hombre.

Hay que pensar que esta es la opción que tomaremos. La especie humana es una especie social, con gran capacidad de comunicación consigo misma. Hace un tiempo estuvo a punto de extinguirse. Los estudios genéticos demuestran que somos descendientes de un grupo reducido. Pero sus miembros se ayudaron unos a otros y se evitó el desastre.

Se han encontrado esqueletos del Paleolítico con graves lesiones que imposibilitaban a sus dueños. Sus heridas se hallan completamente curadas y cicatrizadas. Eso significa que esos individuos fueron cuidados por los demás. Murieron necesitando la atención de los demás, pero aportaron al grupo su sabiduría y su experiencia. Este es el comportamiento que permitió que la especie humana sobreviviera y se impusiera sobre las demás especies de homínidos.

Y ese será el comportamiento que haga que la especie humana opte por la supervivencia.

Tomás R. Tovar Júlvez

Profesor Asociado en la Universidad de Salamanca. (1999-)

Ingeniero Técnico Agrícola, Licenciado en Geografía e Historia, Doctorado en Geografía e Historia. Especialidad: Historia Medieval. 

Licenciado en Ciencias Químicas, Doctorado en Ciencias Químicas. Especialidad: Química Analítica y Ambiental.