Orgulloso de ser un gusano

por Owen S. Wangensteen


The paleontologistís view
Classes worms together with you.
This is based on the claim
That instead of a plane
A wormís three-dimensional too.
Elizabeth Wenk, 1994
Cuando se acordaba de los primeros inicios de todas las cosas, le inundaba una caridad todavía mayor y daba a los animales mudos, por pequeños que fueran, los nombres de hermano y hermana, puesto que reconocía en ellos el mismo origen que en sí mismo.
San Buenaventura, La vida de San Francisco.


En la biodiversidad está el gusto

¿Cuántas especies distintas de animales existen? No sin antes hacer notar que la pregunta en sí, tal como está formulada, resulta algo absurda, puesto que las especies aparecen y desaparecen todos los días (de forma natural, aún sin tener en cuenta los estragos causados por nuestra propia especie), podemos, no obstante, dar una respuesta aproximada. Cualquier respuesta debe estar basada necesariamente en estimaciones, puesto que es materialmente imposible ponerse a contar todos y cada uno de los animales diferentes que podemos encontrar en la naturaleza, al menos mientras no aumente sustancialmente el presupuesto de los gobiernos para investigación en biodiversidad, lo que no parece muy probable en un futuro próximo.

¿Por qué no podemos contar una a una todas las especies? La respuesta está clara, si consideramos que las distintas estimaciones que han dado los biólogos en los últimos tiempos varían entre 3.5 millones y más de 150 millones de especies diferentes. Si la cifra real estuviera próxima al primer número, aún se podría intentar acometer la titánica tarea de realizar un censo exhaustivo, especie por especie. Sin embargo, si (lo que parece cada vez más probable) la cifra se encuentra próxima a 150 millones, aún catalogando 10000 especies distintas por año (algo más de 27 especies nuevas cada día), tardaríamos 15.000 años en completar nuestro censo y, para entonces, un número no despreciable de especies, sobre todo de insectos, se habrían extinguido y, presumiblemente, habrían aparecido unos cuantos miles de nuevas especies.

En cualquier caso, cabe preguntarse si realmente tiene sentido siquiera plantearse la realización de semejante censo, puesto que más del 99% de las especies presentes en el mismo serían básicamente indiferentes, seguramente aburridas y, desde luego, inútiles para el hombre.

La revolución en la estimación del número de especies animales vivas está asociada desde hace una veintena de años, al nombre de Terry Erwin. En mi infancia, en los libros de Zoología que caían en mis manos y yo devoraba con avidez, se incluía una estimación para el número de especies de insectos: 800.000 especies eran las que cabía esperar, que unidas a las alrededor de 300.000 de otros animales, daban un total de 1.1 millones de especies vivas. Una ridiculez comparada con los números que se manejan en la actualidad. En 1982, Erwin presentó su estimación, una cifra sorprendente por su inmensidad, que cada vez es más aceptada por los biólogos, aunque la mayoría de los libros y las revistas de divulgación no se han enterado aún (en marzo de 1999, la revista Muy Interesante presentó un gráfico de las especies animales, precisamente en un artículo sobre biodiversidad; el número de insectos era de 751.000, aún menor que la cifra que quedó grabada en mi memoria infantil hace alrededor de veinte años).

La cifra de Erwin es de unos 30 millones de especies, sólo para los insectos. Está basada en un planteamiento experimental que muchos consideran infantil y poco fiable. Sin embargo, bastantes estudios posteriores han confirmado e incluso incrementado la cifra. La idea consiste en fumigar con insecticida unos cuantos ejemplares de algún árbol tropical, recoger todos los insectos que caigan, catalogar los conocidos y hallar el porcentaje de nuevas especies que aparecen. Después, se extrapola para el número de especies de árboles tropicales, considerando que un porcentaje de los insectos sólo pueden vivir sobre un árbol concreto y el resto son cosmopolitas.

La idea parece fácil, pero, sin embargo, llevarla a la práctica es una tarea de titanes si se desea ser exhaustivo, ya que no todos los bichos caen a tierra (existen multitud de especies que habitan bajo la corteza y en las raíces) y porque no existe ningún entomólogo que sea experto en todos los grupos de insectos. La tarea de clasificación es necesariamente un trabajo de colaboración y consiste en pasar muchas horas comparando los especímenes recogidos con los catálogos de las especies ya descritas, para asegurarse que son especies nuevas.

En cualquier caso, los resultados son bastante inesperados por su enormidad, y suponen una evidencia empírica que corrobora las dos afirmaciones más famosas del biólogo evolutivo J.B.S. Haldane.

Haldane (1892-1964) fue un biólogo poco usual, cuya figura requeriría uno de estos ensayos para él solo. Fue uno de los máximos impulsores del neodarwinismo, pero también un erudito hombre de letras típicamente británico (se licenció en filología clásica por Oxford), profesor de genética en Cambridge, a la vez que un comunista convencido, acérrimo adepto al estalinismo, que publicaba sus artículos de divulgación científica en el Daily Worker, razón (entre otras) por la que fue expulsado de Cambridge en 1925, aunque también tuvo algo que ver su implicación en un feo asunto de divorcio con adulterio (él era el tercero), lo que resultaba imperdonable para un profesor de Oxbridge en los años 20.

En cualquier caso, J.B.S. (como le llamaban sus conocidos) pasará a la historia por acuñar dos de las frases más lúcidas que jamás hayan sido dichas por naturalista alguno. La primera de ellas fue dada en respuesta a la pregunta de un estirado teólogo que quería saber qué se podía deducir, a partir del estudio de las formas de vida, acerca de la naturaleza de Dios. Haldane respondió: "Sólo una cosa: que posee una desmedida afición por los escarabajos". La leyenda cuenta que J.B.S. continuó argumentando que Dios debía tener forma de escarabajo, ya que había puesto tanto empeño en llenar el Mundo de pequeñas copias fabricadas a su imagen y semejanza. La segunda frase la dejó escrita en su libro de ensayos, Possible Worlds: "Mi sospecha es que el Mundo no sólo es más extraño de lo que suponemos, sino más extraño de lo que podemos suponer". Estoy de acuerdo con ambas, y -ya que afortunadamente el Mundo ha cambiado desde 1925- no creo que me expulsen de ningún sitio por decir esto.


Fig. 1. Escarabajos. ¿Son todos iguales o son todos distintos?

Pero ¿cómo somos de diferentes?

Bien, de acuerdo, existen muchas especies distintas de animales, particularmente de escarabajos, pero ¿realmente son tan diferentes?. Uno no se maravilla ante la diversidad de los escarabajos. Cuando se ha visto uno, se han visto todos y, para corroborar esto, sólo hace falta mirar la cara de desesperación que ponen los visitantes de cualquier museo de Ciencias Naturales al levantar la vista de la primera vitrina del pasillo de los insectos, tras cinco minutos de rápida observación, y observar la larga hilera de vitrinas, extendiéndose hasta el horizonte, que aún le quedan por ver. Seguramente, para el 95% de la población no existe nada más aburrido que andar mirando escarabajos.

Bueno, vayamos algo más allá. ¿Cómo son de diferentes las especies de animales? Déjeme el lector que sea algo radical en mi respuesta. Para mí, sólo existen tres tipos distintos de animales: esponjas, medusas y gusanos.

Hablemos del primer nivel de complejidad. Las esponjas son animales muy simples, que poseen un único tipo básico de células. Son poco más que un amasijo indiferenciado de estas células que se extiende en las tres dimensiones del espacio. Son unos bichos aburridísimos. Uno diría que tienen poco futuro como animadores de un programa de T.V.

El segundo nivel está constituido por las medusas y sus parientes, los corales y las anémonas. Básicamente, tienen dos tipos de células, las externas (o ectodermo), especializadas en la protección y defensa, y las internas (o endodermo), que son las responsables de la digestión. Los Celentéreos, o Cnidarios, como se conoce técnicamente a este grupo, no son más que una cavidad rodeada de estas dos capas de células y que posee un solo agujero de entrada/salida. Poco más.

Todos los demás animales son (somos) gusanos.

En efecto, ¿qué es lo caracteriza a un gusano? Un gusano es un tubo con dos orificios, uno para la entrada de comida y otro para la salida de cosas desagradables. Alrededor del tubo, se sitúan tres capas de células, entre el endodermo y el ectodermo que heredamos de las medusas, se coloca una tercera capa, el mesodermo, que es lo que nos permite hacer cosas realmente interesantes, tales como sostenernos, desarrollar apéndices móviles o ¡ser tridimensionales!.

Los gusanos poseemos diferentes apéndices. Las formas más sencillas no eran más que un tubo alargado, pero pronto en la evolución comenzaron a aparecer pelos, aparatos bucales, espinas, ojos y otros órganos sensoriales, cráneos abultados, capaces de albergar cerebros, o patas y manos, con las que los gusanos podemos escribir artículos como este que el lector tiene entre sus apéndices. La idea de gusano que todos tenemos en mente es la calva lombriz, pero ésta es sólo parte de la historia. Cuando uno contempla la belleza irisada de los miles de pelos que adornan a un gusano poliqueto errante, como Nereis, comienza a atisbar las posibilidades de la gusanidad.


Fig. 2. Un gusano poliqueto errante. No todos los gusanos son lombrices.

Es bueno ser un gusano. Ser tridimensional tiene sus ventajas. Entre ellas, poder abandonar el medio acuoso y conquistar primero la tierra, después el aire y, mucho después, el espacio. Todos los animales que viven fuera del agua son gusanos, y necesitan su valioso mesodermo para que sus cuerpos se puedan sostener. Arañas, abejas, antílopes, estrellas de mar, sapos, langostas, buitres y políticos no son otra cosa que gusanos distintamente adornados con sus apéndices propios.

La gusanidad de los animales se hace más evidente aún si se considera con qué frecuencia los distintos grupos de animales regresan a una forma vermiforme. Existen especies agusanadas, que han perdido sus apéndices, en la mayoría de las clases de animales (excepto, posiblemente, en las aves). Desde luego, en los artrópodos la cosa está muy clara, ya que la mayoría de las especies de insectos pasan por una etapa larvaria que rememora los viejos y gloriosos tiempos de helmintidad. De hecho, los proverbiales "gusanos" que se nos comerán a todos (a no ser que nos incineren o nos embalsamen, algo de lo que sólo pueden "disfrutar" los dictadores y los cantantes de rock), no son otra cosa que larvas de coleópteros. Los omnipresentes escarabajos al final se toman su revancha por el desprecio que les demostramos en vida. Pero también hay especies vermiformes en los animales que la gente que no piensa como yo denomina "superiores". Las lampreas, las anguilas y los congrios, las anfisbenas en los anfibios, por supuesto, las serpientes y, más arriba en la cadena de presunto progreso evolutivo, las comadrejas y los extraños ejemplares de ratas del desierto del género Heterocephalus, que se arrastran bajo tierra. Si bien ningún mamífero terrestre ha perdido sus patas (únicamente Cetáceos y Sirénidos lo han logrado en parte y debido a otras razones), en algunas especies las extremidades están muy reducidas, como consecuencia del beneficio que les reporta la forma de gusano para moverse a través de las galerías subterráneas. Todo ello para recordarnos que, también los mamíferos, no somos otra cosa sino gusanos. Y bien satisfechos que debemos estar por serlo, pues si no, ¿qué posibilidades nos quedan? No quiero ser ni una esponja ni una medusa. No, amigo lector. Estoy orgulloso de ser un gusano.

Y ahora la inevitable moraleja

Triste artículo sería éste si me limitara a defender un punto de vista humorísticamente insostenible y especialmente vejatorio para los lectores. En lugar de eso, he tratado (por enésima vez, y es que me voy dando cuenta de que todos mis artículos no son sino células individuales de un único organismo) de exponer dos formas de ver el Mundo, dos formas de ver la vida. Por una parte, el punto de vista de aquellos que sólo buscan las diferencias y encuentran su placer en discriminar. Son los que anuncian haber encontrado una nueva especie de oruga que tiene siete lunares negros en lugar de seis. Esta visión del Mundo fácilmente degenera en la distinción discriminatoria. Quienes caigan en ella no sólo verán un número enorme de especies de animales. También verán muchas clases diferentes de seres humanos. Distinguirán fácilmente entre bosnios, serbios y croatas, entre hutus y tutsis, entre ricos, menos ricos, pobres y muy pobres, entre hablantes del español, hablantes del catalán y hablantes del vasco, entre hombres y mujeres; en definitiva, hallarán justificaciones para distinguir entre humanos e infrahumanos.

El otro punto de vista se detiene en lo aglutinante, en lo que nos une y en lo que tenemos en común, pasando por alto las insignificantes particularidades de cada uno. Es el punto de vista de un loco aficionado a la biología que pretende decirnos que todos los animales somos gusanos. Si somos capaces de creernos esto, tal vez hallemos el modo de encontrar entre todos los seres humanos más semejanzas que diferencias. Quizás podamos entonces llegar a ser algún día realmente iguales. Si vemos a una lombriz como nuestra prima cercana, ¿podremos dejar de tratar a todos los hombres como hermanos?.

Estamos acostumbrados a que nuestros prejuicios influyan en nuestras decisiones, quizás de modo inconsciente. Incluso, aunque no queramos reconocerlo, aparecen perjuicios por doquier en nuestra supuestamente objetiva Ciencia. Se han descrito especies de caracoles que presentan entre sus individuos mayor diversidad genética de la que existe entre el hombre y el chimpancé. Sin embargo, incluimos a todos esos caracoles dentro de la misma especie, mientras que clasificamos al hombre y el chimpancé, no ya en especies y en géneros distintos, ¡sino en familias diferentes!. Estoy seguro de que un biólogo extraterrestre incluiría a hombre y chimpancé dentro del mismo género. Quizá el hombre debiera denominarse Pan sapiens o el chimpancé Homo troglodites. Sin embargo, el hombre está dispuesto a encontrar diferencias inexistentes cuando contempla a su propia especie, para distinguirnos artificialmente del resto. Así, nos dividimos arbitrariamente en razas, clases sociales y naciones, mientras que no nos importa meter a todos los caracoles dentro de una única e indiferenciada especie, aunque sean más diferentes entre sí que hombre y chimpancé.

Por supuesto, todos los extremos son malos. Por fortuna, ni todos somos exactamente iguales, ni somos totalmente distintos. Como casi siempre, en el punto medio del espectro es donde se encuentra la respuesta correcta. En la diversidad no está el gusto, sino en el eclecticismo. Hasta los pequeños gusanos que horadan la tierra lo saben, aunque quizás la especie humana haya perdido este valioso conocimiento ancestral a lo largo de su prolongada e ininterrumpida involución.



encontrarás más artículos del mismo autor y de otros autores de divulgación científica en las páginas:
http://eez4.eez.csic.es/~gaceta/   (Gaceta "La Urraca". Asociación de becarios EZZ)
El poblado de los divulgadores http://pobladores.com/territorios/aficiones/Divulgacion_cientifica

 

 

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